Más idiomas, ¡traed más idiomas!
Hace unos meses contaba mi visita al País Vasco con ocasión del ágape chez Mugaritz.
Me alojé en un pueblo guipuzcoano que, como todos los pueblos guipuzcoanos, está muy euskaldunizado; o sea, que el personal de allí habla en general vascuence y la vida familiar y escolar transcurre casi exclusivamente en ese idioma. El resultado de tal inmersión es, por ejemplo, que las dos hijas de una amiga de mi amiga a quien fuimos a visitar no hablan español. Nada de español. No son bebés, eran ya de cierta edad y prácticamente habían pasado ya esa edad de absorción natural de los idiomas, así que todo lo que puedan aprender más (que es dudoso porque seguirán en el mismo entorno) ya será con dificultad. Siempre pensé que estas eran situaciones extremas, pero me topé con la realidad en forma de dos tiernas infantas. Cabe la posibilidad de que sí "supieran" español pero que lo tuvieran escondido en algún lado y que una simple exposición de algunas semanas lo "revivificara". Lo dudo, pero es posible.
El caso es que esos padres hablan dos idiomas pero a sus hijas no les están poniendo fácil tener la misma educación que ellos mismos tienen (porque ellos sí hablan español: del terruño pero español). ¿Por qué querría un padre que su hijo no sepa como mínimo tanto como él? ¡Y gratis!
La constitución española dice en algún lado algo así como que saber español es un derecho de los ciudadanos, pero también un deber. He de confesar que tal exigencia me parece un punto excesiva y se mete donde no debiera, así que los aspectos constitucionales me la traen tan al pairo como me la puede traer la exigencia del celibato a los religiosos católicos (del rito romano, que todo hay que decirlo). Sin embargo, me pongo en la piel de unos padres y me pregunto por qué querrían hurtarle a su prole las oportunidades personales que implica el conocimiento (con carácter de lengua nativa) de varios idiomas. Siempre me dieron envidia los catalanes, los vascos y los gallegos que hablan sus idiomas respectivos, porque eso de nacer y crecer con dos (o más) idiomas que uno puede aprender sin esfuerzo —mientras come, juega o estudia— es un lujo.
Hace pocas semanas, una amiga española que vive en Canadá me explicaba que a ella le resulta complicado que sus hijas se mantengan al día con el español, y me confesaba que si no fuera por el mes que pasan todos los años en España le habría sido prácticamente imposible fijarles el español. Aunque ella les habla en español, el padre de las niñas no lo habla y supongo que la dinámica familiar no será fácil si hay que hablar idiomas que uno de los padres no comprende.
Como contrapunto, conozco a un madrileño que habla alemán como segunda lengua. Como lo habla sin problemas, pues se propuso educar a sus hijos en alemán en el seno familiar y así hace: les habla en alemán. Con ese acto tan sencillo, que consiste tan solo en usar los recursos que uno tiene y aplicarlos cuando más eficaces son, sus hijos llegarán a la adolescencia con una ventaja competitiva inmensa con respecto a otros compañeritos análogos.
Pero claro, esto lo digo yo, que no tengo hijos y que la paternidad me suena a chino. Quién sabe qué haría si fuera mi caso. Lo más probable es que me largara a América y los dejara desamparados o algo así. Mucho idioma y mucha gramática tonta, pero soy un desnaturalizado, siempre de pata de perro.
En Madrid, el día de san Alberto Magno (obispo y doctor de la Iglesia) por la noche.
Mus